La Saga de Maldau

Esperáis junto al camino a que llegara el jinete que os seguía al salir de Benasque.
Al acercarse Pedro puede reconocer a su madre adoptiva, malherida tras lo que parece haber sido una severa paliza. Ella a duras penas puede contarle a Pedro el relato de lo sucedido.

Los matones de Damián antes de salir exiliados del pueblo, tomaron represalias por orden del cacique y fueron a hacerle una visita a los padres adoptivos de Pedro, a la herrería. Su padre se las arregló para contenerlos a los tres, matando a uno de los matones en la refriega. Los otros dos se encargaron de pegarle una fuerte paliza a Herminia y su marido se las arregló para cogerla y encerrarse con ella unos segundos en la cuadra. La ayudó a montar en la mula para ir a buscar la ayuda de Pedro y así huir de esa encerrona. Entonces los matones entraron rompiendo la puerta y el padre de Pedro consiguió tumbarlos a los dos y ponerse al alcance de Damián matándolo de un martillazo en la sien. Mientras Herminia salía corriendo en la mula, casi sin sentido, vió como los dos matones le rompían las piernas a su marido y fue lo último que vio antes de perderles de vista en la lejanía.

Al acabar el relato de lo sucedido, Herminia empezó a escupir sangre y temiéndose la cercana muerte, le tendió a Pedro un pequeño hato de lana que parecía empaquetado con mucho esmero, soltándolo justo antes de expirar.

Sin casi tiempo para llorar su muerte, el grupo decidió volver a Benasque a buscar al padre de Pedro ya que no sabían si estaba vivo o muerto y a enterrar a la madre que llevaron en la mula.

Una vez en el pueblo, encontraron una turba de gente al rededor de la herrería y un par de personas (entre ellas el médico del hospital) estaban sobre un cuerpo tendido en un banco de trabajo. Era el padre de Pedro, que yacía con las piernas rotas, la cara llena de moratones y sangre por todas partes, pero respirando todavía.

El médico les dijo que no sabía si saldría de ésta, necesitaría medicinas y cuidados que no puedían ofrecerle ahí.

Además, varios lugareños, entre otros Benito el posadero, estaban sosteniendo al último de los matones que quedaban con vida y lo llevaron ante el grupo. Pedro, sin mediar palabra ni poder resistirlo, se abalanzó sobre el desgraciado y con sus enormes manos le estranguló delante de la turba, que parecía estar deseando el momento. No así el Señor de Benasque que apareció al momento para poner orden junto a su guardia personal.

El Señor de Benasque quiso saberlo todo y el posadero, el médico y varios testigos más le narraron lo sucedido, manteniéndose el grupo de Pedro al margen. El Señor al saber todo lo ocurrido se dispuso a solucionar rápido el asunto, pues no quería tener a diez metros de la plaza de su pueblo semejante espectáculo.

“A vos Pedro Larrocalla, no se os condenará por la muerte de éstos pobres diablos, pues merecido lo tenían, y estando todos los presentes de acuerdo, podremos hacer la vista gorda sobre éstas muertes en pleno centro de mi villa. Podéis ahora dar sepultura a vuestra madre y haceros cargo de vuestro pobre padre, que está cercano a morir”.

Mientras el grupo se dirigía para enterrar a Herminia en el cementerio local, Tara se quedó para hablar con el Señor de Benasque, para intentar compensar los daños hechos a su compañero Pedro. Tara, solicitándole con cautela una intervención al Señor, habló entonces y negoció con él una compensación para su compañero por los daños causados, tanto al honor, como sobre todo personales, pidiéndole que la casa y las tierras de Damián, pasaran a propiedad de Pedro. El Señor de Benasque, algo contrariado, accedió a hacer los trámites pero a cambio de que el propietario se encargara de la sobrina de Damián. De todas maneras, emplazó a Tara a la audiencia que tenían a la siguiente semana, para discutir los detalles.

Cuando acabaron de enterrar a Herminia, todos acudieron a una pequeña ceremonia funeral oficiada por Mosen Luis, que acabó en seguida pues urgía tomar una decisión sobre el padre de Pedro, que en ese estado quizás podría durar poco más de un día.

Tras discutirlo con el médico y meditar las mejores opciones, Chorche insistió en llevarlo a Maldau, ya que allí Mollis que era médico también (no mencionó que su compañero Mollis era un mago) podría tratarlo con suficientes medios y estabilizarlo en seguida. Así pues, partieron de regreso usando una carreta para llevar al herido y pidieron varias mulas prestadas para hacer el camino lo más rápido posible. Aún así, el pequeño autillo que acompaña a Chorche voló con un pequeño mensaje escrito por el médico para avisar a Mollis de que lo tuviera todo preparado, que le llevaban un herido grave.

El viaje transcurrió en unas cuatro horas, sin parar en Castejón como a la ida, y pusieron en seguida al padre de Pedro en manos de Mollis. Como no disponían de una enfermería o algo similar, el mago tuvo que tratarlo en el laboratorio (que por suerte tenía algo de hueco en esos momentos).

Mollis lanzó varios hechizos para parar las hemorragias y estabilizar al herido y lo dejó reponsando en los barracones. En una estación sus heridas graves habrían mejorado y Mollis tendría poder suficiente para curarlo totalmente. El padre de Pedro estaba fuera de peligro y a salvo en Maldau. Lorién y Chorche fueron curados también de sus heridas, que aunque mucho más leves, podrían haberse complicado.

Y al fin la primavera transcurrió sin más hechos destacables, salvo la reunión de Tara con el Señor de Benasque, pero eso será otro cantar.

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surien surien

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