La Saga de Maldau

Reencuentro en Benasque

La visita a los padres de Pedro Larrocalla

Al día siguiente del Concilio, Pedro Larrocalla decidió ir a visitar a sus padres, vecinos de Benasque (cercano al Turbón, a unas 6 horas a buen ritmo) por lo que varios de los habitantes de la nueva Alianza se unieron a él para hacer una pequeña expedición, cada uno por sus motivos y por formar un grupo frente a cualquier peligro que pudiera haberse presentado.

Partida hacia Benasque

Al alba del sábado 21 del año de nuestro señor 1220, Pedro Larrocalla lideró el viaje hasta Benasque, acompañado de Chorche Murillo, Tara, Blau y su colega Lorién Llaguerri. El día era soleado, no se prevían complicaciones en el tiempo y decidieron caminar toda la mañana hasta Castejón de Sos y parar a comer allí. El camino hasta Castejón de Sos fue tranquilo, sólo la pequeña Blau estaba algo cansada de la caminata.

En Castejón de Sos

En Castejón, comieron y bebieron en la posada hasta el punto en el que Lorién casi cae borracho como una cuba, y cerca estuvo Pedro, pero Tara muy hábilmente consiguió que el posadero dejara de servirles vino, no quiso problemas en el camino.

Pedro y Chorche fueron a la iglesia a rezar un poco y a ver si podían obtener información sobre libros que arrojaran luz sobre leyendas y mitos de la zona, así como costumbres, por encargo de Virgilio cuya intención es saber más sobre la zona en el ámbito mundano y mágico. El cura les cedió un libro que él mismo había escrito sobre refranes de la zona, una recopilación hecha a lo largo de los años por el valle de Benasque y alrededores. Pedro lo aceptó de buen grado y se comprometió a devolverlo en poco tiempo.

Además, Chorche preguntó al mosen, si conocía algún lugar milagroso donde poder curar esa extraña enfermedad que padece, que le hace apestar como un cadaver de animal y espanta incluso a las fieras. Éste, muy afligido a causa del hedor, le recomendó que hiciera el Camino de Santiago, pues se dice que recorrer el camino hasta el final con fé y devoción, suele obrar milagros en los peregrinos una vez llegados a Santiago.

Emboscados por los lobos

Tras marchar de Castejón, a no más de una hora de camino, el grupo fue atacado por una pequeña manada de ocho lobos hambrientos, que saltaron hacia la pequeña Blau, el bocado más jugoso de la compañía. Pero Pedro Larrocalla consiguió protegerla del primer ataque y junto con sus compañeros lograron matar a siete de los lobos haciendo huir al último de ellos, con el rabo entre las piernas.
Sólo Pedro sufrió un mordisco en el cuello tras un desafortunado movimiento con su martillo que lo dejó en el suelo y a merced de un lobo que se le abalanzó y le mordió en su enorme cuello. Probablemente el ataque de los lobos no hubiese sido tanto problema, si Lorién no hubiese ido tan borracho, pero al final por suerte no fue ningún drama. Los compañeros aprovecharon y recogieron cinco pieles de lobo intactas para comerciar con ellas.

En Benasque

La llegada

El grupo llegó pasadas las siete de la tarde, con el sol en su ocaso y ocultándose tras las montañas. Todos acordaron ir a la posada a cenar y pasar la noche, aunque Pedro preguntó en seguida a Benito el posadero por un médico o curandero, ya que su herida de lobo en el cuello, podía ponérsele fea.
Pedro dejó atrás a sus compañeros y se dirigió a la casa del médico, un hombre calvo y pequeño que trabajaba con los Caballeros de la Orden Hospitalaria en el llamado Hospital de Benasque. Le curó sin problemas y Pedro se dirigió a ver a sus padres. Tocó a la puerta pero nadie respondió, así que se dirigió otra vez a la posada.

Pedro se disponía a entrar y justo al cruzar el arco, escuchó un ruido y unos gritos en una calle cerca de allí, a unos treinta metros, donde varias figuras se inclinaban hacia otra que yacía en el suelo medio tumbada por alguna clase de golpe, maldiciendo y jurando en alto para que todo el pueblo lo oyera. Pedro no llegó a comprender mucho, pero sí que los improperios se dirigían hacia él. Sin hacer mucho caso entró definitivamente en la posada y se reunió con el resto de los compañeros que lo esperaban mientras charlaban, bebían y comían.

Al ser preguntado, el posadero le comentó a Pedro que ese hombre que había visto fuera en el suelo era Damián, a quien hace años dejó inválido en una pelea en ésta misma posada y que fue la causa de la marcha de Pedro de Benasque. El posadero previno a Pedro de aquél personaje, pues se había vuelto poderoso tras el accidente actuando como cacique y no tenía en alta estima al gigantón, más bien una buena ración de inquina.

Pedro también preguntó al posadero por sus padres y éste le comentó que llegarían mañana a la tardada, pues estaban de vuelta del mercado de Aínsa, donde su padre solía vender sus mercancías.

Esa noche en la posada, Tara comenzó a sacar melodía de su violín mientras cantaba. Una melódica canción acerca de unos magos que llegaban a la zona y libraban a los lugareños de los ataques de lobos. En secrero, la joven le dijo a su compañera Blau, la pequeña niña que les acompañaba, que mirase si podía coger “prestada” la bolsa de monedas de alguno de los parroquianos de la posada, pero todos parecían pobres. Tara le comentó en tono maternal, que no se roba a los pobres, así que quizás sería buena idea robarle al Señor Damián, ese que quiere importunar a Pedro.
- Todos saldríamos ganando – Le espetó, y la niña decidió hacer una visita discreta a la casa del Señor Damián.

Al día siguiente la pequeña Blau salió alegre por la ventana de la habitación sin que nadie le viera y se dirigió hacia la morada de Damián, que estaba junto a la del Señor de Benasque en una zona donde varias casas parecían pertenecer a gente pudiente. La pequeña pasó desapercibida disimulando y estudió la manera de entrar en la casa. Decidió que lo más prudente sería trepar por la casa del Señor de Benasque y desde allí saltar a una de las ventanas de la casa de Damián, que se encontraba al lado pero sus ventanas estaban demasiado altas para que ella pudiera escabullirse. Así pues volvió a la posada con sus compañeros para contarles lo que había averiguado.

Mientras tanto, Larrocalla había ido a visitar a Mosen Luis, el párroco del pueblo y viejo amigo de cuando Pedro vivía todavía en Benasque. Tras la alegría inicial y la puesta al día, el gigantón preguntó también sobre conocimientos de la zona que el cura pudiese tener para Virgilio, en forma de libros o lo que fuera. Mosen Luis le dijo que no tenía ningún texto al respecto, pero que tiene un amigo que conoce muchas leyendas sobre la zona, que quizás podrían concertar una cita con el mago. Quedaron en concretar éste tema más adelante y se despidieron cordialmente.

A su salida por el callejón junto a la iglesia, dos hombres le estaban esperando.
- ¿Podrían dejarme pasar? – Dijo Pedro y la única respuesta que recibió fue un desdeñoso “NO”.
- ¿Y porqué no? – Preguntó desconfiado el gigantón. En ese momento, oyó una voz tras de sí
- ¡Porque no te lo mereces! No tuviste suficiente con dejarme parapléjico de por vida que ahora tienes la desfachatez de venir a importunarme en mi propio pueblo! – Era el Señor Damián en su palanquín, acompañado de otro matón similar a los otros dos, y otro más pequeño pero con un semblante de puro peligro.
A un gesto de éste, los tres grandullones se las apañaron para reducir a Pedro y lo pusieron contra la pared, pegándole un par de puñetazos.
- Deberías marcharte de éste pueblo y no volver más, o lo lamentarás, y tus padres también. – Dijo Damián mientras uno de los matones le daba un puñetazo a Pedro en el diafragma. A pesar de quedarse sin aire un momento, Pedro se las arregló para reunir una fuerza sobrehumana y empujar al matón que le sostenía un brazo y con ese brazo libre de una brazada tiró a los otros dos al suelo. Furioso como un toro, intentó apartar al otro matón que protegía a Damián llevándose un buen golpe en la cara de camino. Temiendo que su furia le acarrease demasiados problemas, el gigantón comenzó a correr como una bestia de carga y tiró al matón y casi esnuca a Damián, pero siguió corriendo hasta la posada para calmarse.
Mientras corría, Pedro oyó a lo lejos los gritos de Damián y sus matones, que le inculpaban de haberles dado una paliza.Con todo el enfado visible en su enorme cara, Pedro entró a la posada y puso al día a sus compañeros, que debatieron extrañados, qué deberían hacer.
Algunos clientes que entraban por la puerta comentaban que algo le había sucedido al Señor Damián y pudieron escuchar entre cuchicheos, que se creía que Larrocalla era el responsable.Benito el posadero no pudo evitar escuchar la conversación y con ánimo de ayudar, les recomendó a todos descansar en la posada, fuera de la vista de los lugareños y sobre todo de Damián, hasta que hicieran lo que habían venido a hacer y marcharse cuanto antes para no contrariar al cacique y apaciguar los ánimos.
Así hicieron y esperaron hasta la hora de llegada de los padres de Pedro. El sobrino del posadero les dió el recado: los padres de Larrocalla habían vuelto. Pedro decidió ir sólo aunque su compañero Lorién insistió en acompañarle y hacer guardia por si acaso Damián volvía a molestarlos.

El reencuentro

Pedro tocó a la puerta y en seguida le abrió su madre, que dejando caer los fardos del viaje que aún no habían descargado, se lanzó a abrazar a su hijastro. Su padre apareció poco después e hicieron lo propio. Tras ponerse al día de los viajes de Pedro y de cómo iban las cosas por Benasque, fue cuando su hijastro les contó que acompañaba a un mago y se había establecido con él y otros de sus colegas en el Turbón, y que trabajaban allí para ellos.
Ofreció a sus padres trabajar con ellos en la alianza, o incluso desde Benasque, ya que necesitaban herramientas de metal, herraduras para bestias de carga, clavos etc. El padre accedió a visitar la alianza pero le pidió algo de tiempo para ir a visitarla y ver si podían permitirse la mudanza o decidir si trabajar desde Benasque, con el consiguiente gasto de transporte.
Tras unas indicaciones del gigantón sobre cómo llegar hasta Maldau, quedaron en visitar la alianza en dos semanas y decidió dormir allí esa noche. Chorche se quedó haciendo guardia en la puerta hasta media noche, pues no creía que Damián y sus matones, se atreviesen a hacerles algo más allá de las 12.

El asalto en la Posada

Mientras Pedro y Lorién estaban en casa de los padres de Larrocalla, el resto del grupo descansaban tranquilos en la posada. Tara y Blau, subieron a dormir mientras Chorche bebía un rato más en la mesa más esquinada, para no apestar al resto de clientes. El lugar estaba medio vacío pues era domingo pero empezó a llegar más gente y entre ellos Damián y sus matones. Con una voz firme pero sin hacer escándalo, mandó callar a todos.
- Ni se os ocurra decir nada de lo que ocurra hoy aquí – Tras esas palabras, dos de los matones se dirigieron hasta Chorche que no pudo defenderse de los dos y acabó inconsciente en el suelo de un fuerte golpe en la sien.
Los otros dos matones, subieron a por Tara y la pequeña, ya que no las habían visto en la sala principal. Cogieron a Tara desprevenida saliendo de la habitación y la ataron de pies y manos además de amordazarle.
Blau había visto toda la escena por el ojo de la cerradura, por lo que tras un salto desde la ventana, desapareció de la posada.
Abajo en la sala principal, cuando los matones bajaron a Tara amordazada, el cacique empezó a vociferar. – Que sepa todo el mundo que mi sobrina ha sido secuestrada! Y sé de buena tinta quién ha sido y vosotros lo podéis sospechar – Sí¡ Exactamente! Pedro Larrocalla que ya intentó ayer apalizarme otra vez! Él ha tenido que ser!

La ladronzuela

Blau salió a toda prisa y escondiéndose entre las sombras de la incipiente noche. No sabía dónde ir, pero acordándose de Damián (ella lo llamaba “El señor malo”) y los matones que acababan de apresar a su amiga Tara, decidió encaminarse hacia la casa del cacique, pues ahora bajo el abrigo de la noche, nadie la vería entrar.
Se encaramó al alféizar de una ventana de la casa del Señor de Benasque, se puso sobre ella de pie y con un par de pasos ágiles y rápidos, se colocó a un salto de una de las ventanas del cacique Damián. Sin problemas dió el salto y cayó en el alféizar de la otra ventana. Era una vidriera hecha con una rejilla de plomo formando un patrón romboidal y cristal tintado de amarillo.
Supuso que lo mejor era romper uno de los rombos de cristal y abrir la ventana desde dentro, así que con una piedrecilla que llevaba en los bolsillos, rompió el rombo de cristal y por su abertura deslizó su pequeña mano y abrió la ventana.
De un salto aterrizó sobre el suelo y descubrió una casa en silencio, con apenas luz, así que creyó que no había nadie. En la planta baja había un recibidor, unas escaleras que subían hacia arriba y una puerta que parecía la de un sótano. Decidió ir hacia arriba, pero mientras subió le pareció escuchar un ruido sordo en la planta baja. No le dió demasiada importancia, ya iría luego a mirar.
Abrió una de las habitaciones, siendo ésta la que parecía más grande, con una enorme cama con dosel. Supuso que sería la del cacique así que se apresuró a registrarla. Todo salvo el armario estaba cerrado, así que cogió un traje por el que pensó que podría sacar unas buenas monedas, hizo un hatillo y se lo colgó como si fuera una bandolera, por dentro del vestido, para que nadie lo viese.
Antes de salir, vio que en una especie de tocador, uno de los cajones estaba algo salido aunque cerrado. Con más maña que fuerza, consiguió abrirlo y encontró una bolsa de monedas, pero como no sabía contar, decidió llevársela para que su amiga Tara le dijese cuántas había. En ese momento lo recordó, ¡Tara estaba en peligro!
Salió de la habitación, pero la curiosidad le pudo y registró las otras dos habitaciones. Sólo logró entrar en una de ellas que era una despensa sin mucha cosa destacable. Pero volvió a oír ruidos abajo, por lo que descendió las escaleras y pegó el oído en la puerta del sótano.
- ¿Tío? ¿Estás ahí? – A Blau ésto le pareció muy extraño, así que abrió la puerta y encontró con la cara pegada a la puerta ¡una niña de su edad!
- ¿Quién eres tú? – Dijo la niña
- Yo me llamo Blau ¿y tu? – La niña no respondió sino que preguntó
- ¿Qué haces aquí en la casa de mi tío? ¿Se ha ido? Me dijo que me quedara aquí escondida hasta que volviese, pero tenía pis y cuando intenté salir no pude, estaba encerrada.
Blau miró a la niña con sorpresa.
- ¿Cómo ha podido hacerte eso tu tío? El Señor Malo!! Sabía que no era trigo limpio, tu tío es mala gente. Ven, te ayudaré a salir de aquí! – La niña estaba perpleja, pero apesar de eso confió en Blau. La pequeña ladronzuela estaba tramando algo.
– ¿Dónde está la comuna? Vamos a gastarle una broma a tu tío, ¡para que aprenda! – La niña le indicó el camino y le abrió la puerta. Blau cogió un cubo de la despensa y lo llenó con los deshechos de la comuna y con ayuda de la otra pequeña, lo vertió sobre la cama del Señor Benito. Las dos rompieron a carcajadas y Blau la cogió de la mano
- ¡Ven! ¡Vamos con mis amigos, te los voy a presentar! – La niña accedió entre risas y salieron de la casa dando saltos y correteos.

Damián en evidencia

Lorién dió por concluída su guardia y decidió volver a la posada. Atravesó la plaza y cuando vió a un hombre escondido bajo la ventana de la entrada intuyó que algo no iba bien. El hombre le hizo un gesto de silencio poniendo un dedo sobre los labios y el mercenario se acercó hacia él agachado.
- Hay problemas allá adentro, Damián a apresado a unos forasteros como tú, quizás los conozcas. – Le dijo susurrando el hombre.
- Está bien, largo de aquí con cuidado, avisa al cura, al médico, al alcalde y a todo el que puedas, porque va a haber problemas. Sobre todo, avisa a Pedro Larrocalla y a sus padres. – Contestó Lorién al hombre, que asintió asustado y se escabuyó.
Lorién decidió esperar en la misma posición, con su hacha preparada para cualquier movimiento. Y entonces el matón bajito, aquel que parecía más peligroso que los otros tres por grandes que fueran, abrió la puerta de la posada y salió. Lorién le dió la vuelta a su hacha y con un tremendo golpe, le acertó por la espalda en la cadera. El hombre cayó doblándose hacia el suelo y se quedó tumbado allí, jadeando, al otro lado de la puerta.
Con el estruendo, otro de los matones salió, ésta vez prevenido y se defendió del golpe de Lorién, que quedó aprisionado contra la pared. Los otros dos matones salieron a la plaza dejando a Damián en el centro y apresurándose a reducir a Lorién entre los tres.
La gente empezó a llegar a la plaza, a la luz de la farola central, algunos aun así portaban antorchas o faroles para ver lo que pasaba. Cuando hubo suficientes, Damián empezó a gritar.
- Mi sobrina!! Ha sido secuestrada!! Ese malhechor de Larrocalla, ha tenido que ser él!! – Sofocado hizo una pausa y continuó. – Hace años en una pelea en la posada, ¡fue él quien me dejó parapléjico! Y ahora vuelve, en un día me tira del palanquín, al día siguiente me intenta pegar una paliza en un callejón,¡ a mí y a mis chicos! Y ahora secuestra a mi sobrina!!
Justo en ese momento, Pedro acompañado de sus padres llegaba a la plaza, desperezándose todavía por el sueño cortado. La gente congregada en la plaza cuchicheaba, la mayoría estaban de acuerdo con la versión de Damián y se alejaban de Larrocalla.
- ¿Qué es ésto? ¿De qué me estás acusando? Vengo de dormir de casa de mis padres, no he podido ser yo quien haya hecho lo que quiera que sea de lo que me estás acusando. – Dijo el gigantón.
- ¡Mientes! ¡He mandado un mensaje al Señor de Benasque para que venga mañana e imparta justicia y no te librarás si no aparece mi sobrina! – Damián parecía muy seguro de si mismo.

- ¡Señor malo! ¡Es usted muy mal mentiroso! ¡Aquí está vuestra sobrina! – Gritó Blau de repente, corriendo hasta el centro de la plaza con su nueva amiga de la mano. – ¡La tenía encerrada en el sótano! ¿Verdad? – Le preguntó Blau a la chiquilla, que asintió mordiéndose las uñas por la incómoda situación y el miedo a su tío. – ¡Miente usted muy mal y ha hecho daño a mis amigos!

El alcalde se había levantado también y se acercó a Damián – Me has decepcionado, ésto va a caer sobre tí y todos hemos sido testigos de ésta farsa a los ojos de la noche y de dios. Mañana vendrá el Señor y responderás ante él. – Dijo el alcalde con el rostro apesadumbrado por el sueño, la decepción y el enfado.

Damián no sabía dónde meterse y no reaccionó sino balbuceando. Tara que se había liberado con la ayuda del posadero y de Chorche que ya había despertado, salieron entonces de la posada y ayudaron a Lorién a deshacerse de los matones, que se quedaron avergonzados al lado de su amo.
- ¡Lleváoslos y encerradlos hasta mañana, para que respondan ante el Señor de Benasque! Les espetó el alcalde.

El regreso.

Al día siguiente del incidente en la plaza, el Señor de Benasque llegó y rápidamente solucionaron el tema. El alcalde le contó lo sucedido y tras la versión de Damián y de varios testigos determinó que el cacique debía pagarle a Larrocalla 10 maravedíes y un aviso de no molestar ni a él ni a su familia so pena de multas y confiscaciones de tierras. Además expulsó a los matones del pueblo con la amenaza de sanciones más fuertes si los veían otra vez por ahí.
Tras el juicio el grupo volvió hacia el Turbón, con unas cuantas monedas y una historia más en la memoria. Antes de llegar a Castejón, tras un par de horas de viaje, lo que parecía un jinete en un burro, se acercaba lentamente a lo lejos tras de ellos. El jinete parecía estar medio caído en la silla y la bestia medio muerta de cansancio y decidieron acercarse a ver.

FIN

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surien surien

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